pareja abrazándose en una oficina sobre un escritorio

¿Sonríes en la oficina? – Relatos eróticos cortos

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En la oficina, el deseo nunca llega por casualidad… pero casi siempre aparece cuando menos conviene. Estas son tres historias cortas que sucedierion en Madrid.

1. El despacho

(Sucedió en una agencia de publicidad)

Jesús llegó con veintidós años y una sonrisa que parecía ensayada. Recién salido de la universidad, aterrizó en una gran agencia donde todo era urgente, brillante… y agotador.

Esther llevaba allí demasiado tiempo.

Sabía leer campañas, clientes y personas con la misma precisión. También sabía detectar el hambre en alguien. Y Jesús tenía hambre de aprender, de agradar… de encajar.

Al principio fueron reuniones largas, excusas para hacerlo entrar una y otra vez en su despacho. Luego llegaron los silencios. Esos que pesan más que cualquier palabra.

Un día, mientras él explicaba una idea con entusiasmo, ella no lo interrumpió. Solo lo miró. Y él se quedó en blanco.

A partir de entonces, todo cambió de ritmo… y de prendas. Ester decidió no llevar bragas y Jesús no quiso desaprovechar las fantasías que endurecían hasta el dolor sus jornadas laborales.

El despacho empezó a convertirse en un espacio distinto. Las persianas a medio bajar. La puerta cerrándose con un gesto automático. La tensión acumulada durante horas encontrando una salida… urgente, inevitable.

Nunca hablaban de ello fuera. Nunca se miraban igual delante de otros.

Hasta que un descuido —o quizá no— dejó la puerta sin cerrar del todo.

Y el mundo real entró sin llamar.

2. La academia

(Sucedió en un centro de oposiciones)

Alba tenía esa clase de belleza que incomoda sin proponérselo. No hacía falta que hablara demasiado: bastaba con que estuviera.

Trabajaba en recepción. Rutina gris, jefes mediocres.

Marcos era otra cosa.

Profesor, verbo fácil y una seguridad que rozaba lo irritante. Sabía cuándo mirar, cuándo sonreír y cuándo quedarse en silencio.

Al principio fueron conversaciones al cerrar. Después, excusas.

La academia, de noche, era otro lugar. Pasillos vacíos, luces a medias, el eco de los pasos resonando más de la cuenta.

El tiempo empezó a estirarse entre ellos.

No hubo un momento claro en el que todo empezó. Solo una acumulación de gestos: una mano que roza, una risa demasiado cerca, una pausa que nadie rompe.

Y luego, una noche, nadie quiso romperla. Fue sobre la misma mesa de recepción. Todo voló: la grapadora, el teclado, bolígrafos… Después, llegaron feroces mamadas en las aulas, apasionados cunnilingus en los despachos de los comerciales y sendos gemidos y golpes sobre la mesa del jefe.

Durante semanas, el edificio guardó el secreto. O eso creían.

Porque en sitios así, siempre hay alguien que observa… aunque no diga nada.

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3. El almacén

(Sucedió en la librería de una gran superficie de ocio y cultura)

Elisa y Manu vivían rodeados de historias que no eran suyas.

Libros, cajas, inventarios. Días idénticos. Años silenciosos.

Habían aprendido a contenerlo todo. Hasta que llegó Berta.

Nueva, torpe, desbordante. Su presencia alteraba el orden de las cosas sin darse cuenta.

A Elisa le tocó formarla.

El almacén era perfecto: lejos del ruido, sin interrupciones constantes.

La cercanía empezó siendo inevitable. Luego, buscada.

Un gesto se convirtió en dos. Una corrección en una caricia demasiado lenta.

Y de pronto, el aire cambió. Manu irrumpió en el almacén… Y ellas sonrieron.

No fue una decisión. Fue un instante.

De esos que llegan sin aviso y lo desordenan todo.

El mundo exterior volvió en forma de golpes en la puerta.

Tres.

Suficientes.

Después

Las historias no terminan cuando el juego sexual se ha visto comprometido.

A veces, es justo ahí cuando empiezan de verdad.

Esther desapareció de la agencia, pero no de las travesuras.

Alba y Marcos no sobrevivieron a lo que empezó entre los pasillos.

Elisa y Berta lo perdieron todo… y ganaron algo (alguien) distinto.

Hay quien dice que mezclar trabajo y placer es un error.

Pero nadie deja de mirar. Nadie deja de imaginar.

La pregunta no es si ocurre. Ocurre.

La pregunta es: ¿hasta dónde estarías dispuesto a llegar tú?

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