Con su habitual estilo elegante y sus descripciones pormenorizadas, Andrea Acosta comienza esta mini-serie de relatos ambientados en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. No te los pierdas. No hay historias más atractivas que las eróticas de espías.
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Al calor del Lobo
Julio de 1944, Tierra de nadie
—¿Y pretende que la crea? —espetó Harris, mirándola. Su humor habría podido cortar la nube de leche arremolinada sobre el té que se enfriaba en el vientre de porcelana; la taza era un objeto inusitado en la sala de paredes grises y sin ventanas, iluminada por una lámpara de techo que oscilaba al compás de las respiraciones de ambos—. Señorita.
Ella estaba sentada al otro extremo de la mesa, pero a la par la sentía lejos, demasiado lejos. Era un borrón de lo que había sido: el cabello despeinado, las ojeras brunas que denotaban el cansancio y enlutadas por el fallecimiento de la vida que hasta no hacía mucho le había titilado en los ojos. La ropa desaseada reprimía la adherencia de cualquier rastro de perfume y el esmalte de las uñas estaba entonces cuarteado. Era paradójico que ella fuera la misma que se había pasado medio año en la Francia ocupada —«¡Medio año, por el amor de Dios!»—, transmitiendo comunicaciones mediante el pequeño receptor de radio[1] estéreo; una información que resultó ser vital para elaborar la Operación Overlord[2] y sin ser interceptada, o, al menos, eso creían hasta hacía unos días.
—No pretendo nada —replicó ella en inglés y de modo mecánico.
En otras circunstancias habría calculado el paso del tiempo desde que había partido de Nantes y había subido al submarino[3]. En este, la habían encapuchado para privarla de estímulos visuales y no auditivos, acto que en otro momento le habría parecido una chanza; sin embargo, se había sentido más aliviada en la oscuridad, una en la que enroscarse y adormecer el dolor. Después de ser retenida en aquella sala sin tener claro el día y ni mucho menos la hora, detectó que olía a petricor y a tierra en la que se cosechaba remolacha azucarera, y por debajo de la puerta se filtraba un considerable trajín, el del ir y venir de gentes empleando un crisol de lenguas: alemán, francés, italiano, inglés… Ah, y el aporrear de las teclas de máquinas de escribir.
—Me he limitado a responder —adujo, pasándose una mano por el semblante para frotar de mentón a pómulo y la lastimada sien.
—Con datos que no constituyen una respuesta lógica a qué hace usted hoy, ahora, aquí —reprochó Harris. Tal vez, y por las circunstancias, ella se había vuelto un agente doble…—. ¡Viva! —voceó, golpeando la mesa con un puño, lo que provocó que la taza de té vomitase su contenido.
—Señor —exhaló ella, cerrando los ojos, irritados y aquejados de pesadez—. Llevan no sé cuánto haciéndome las mismas preguntas de todas las maneras habidas y por haber, y mis respuestas no han cambiado puesto que se basan en la verdad —se defendió, fatigada—. Señor Harris, ¿realmente piensa que por más aspavientos que haga estas van a diferir?
Harris zanqueó a su encuentro y movió la sencilla silla de madera por el respaldo para que, al inclinarse, su rostro y el de ella quedaran equiparados.
—¿Por qué está usted aquí, ahora, viva? —interrogó, y se aproximó, nariz con nariz—. ¿Por qué la red sigue intacta? —Sí, la que ella había tejido continuaba operativa y eso, eso era lo que menos sentido tenía de todo.
No lo sabía y no lo sabía. Le sostuvo la mirada y persistió en la verdad, su verdad. Harris no la amedrentaba, ¿cómo iba a hacerlo cuando ella había tenido el cuajo de estar concentrada en transmitir el código morse metida en una chambre de bonne de l’avenue du Ranelagh mientras la Gestapo realizaba una de sus cordiales visitas solo tres pisos por debajo? Ella, que había dormido al calor del lobo y se había perdido en su bosque…
—¡¿Cómo la descubrió?! —gritó Harris, descarriado del característico temple británico—. ¡¿Cómo lo hizo, maldita sea?! —insistió; la agarró por los antebrazos y la zarandeó—. ¡Arlette! —la nombró pretendiendo que ella reaccionara, que cooperara.
«Arlette», le oyó a él y no a Harris, a él nombrándola, desnudándola del disfraz.
—No lo sé —barboteó Arlette, entornando los ojos para verlo en la oscuridad—. Je sais pas[4] —masculló en francés, habiendo perdido el sabor en su boca, huérfana del tacto y el olor de su piel.
***
Muy entrada la noche del 16 de julio, Hôtel Ritz[5], París
El enésimo corcho de champagne Taittinger salió disparado por el concurrido y animado comedor, cruzándose en el trayecto de aquel que avanzaba vigoroso y con pisadas atronadoras; todo y así, y por inaudito que pareciera, no llamó la atención del alcoholizado gentío. Asintió al maître antes de que este, entre resuellos, lograra alcanzarlo justo cuando él divisaba a la mujer que estaba buscando, sentada unas mesas más allá en línea recta. Con ella de espaldas, se retiró la gorra de plato y vistió con la palma de su diestra la desabrigada nuca.
El cuerpo de Édith actuó por instinto y reclinó la cabeza hacia atrás con los ojos nublados por el batir de las pestañas, y gimió cuando el beso le tomó la boca en un manifiesto reclamo. En las costuras de cada uno de los vestidos que había lucido desde que Hans se había marchado, había zurcido la esperanza de su regreso, y ahora, ahora los rasgaría… Él olía a espuma de afeitar, a ropa limpia, recién puesta, y, como las notas de salida de un perfume, a combustible de avión. Hans nunca le contaba nada concerniente a lo laboral, pero ella había averiguado que lo habían convocado a una reunión en el Berghof y, jocosa, había hecho suya la gracia de que seguro que no era para ayudar al Führer a escribir un nuevo libro, titulado Mein Irrtum[6].
Hans desunió sus labios y corrigió y borró con el pulgar el exceso de carmín en la boca de Édith.
—Sube —dijo, breve, y no en imperativo: en su tono iba implícito un «por favor». Armado no solo por la Luger que, privilegiado, jamás dejaba en la caseta dispuesta en la entrada del hotel, sino al sur de los pantalones, se contuvo en no desenfundar ante el mecer de los sombreados párpados, el brillo de los ojos que reflejaban el azul de los suyos y la suave sonrisa que se dibujaba en la faz de ella.
Las patas de numerosas sillas chirriaron al levantarse los sorprendidos uniformados, apurándose en realizar el pertinente saludo alemán[7] con alguno que otro, y para su vergüenza, tambaleante.
Édith le quitó la huella del carmín. La alba cicatriz en la cara de Hans destacaba al cruzarle desde el surco subnasal a la mitad del labio superior derecho, brindándole todavía más una conveniente fiereza; en realidad, era una herida de la infancia y no de combate, propia del que disfruta con no tomarse en serio la gravedad. El añil de su mirada le era risueño, repleto de matices como el agua corriendo briosa bajo una fina capa de hielo primaveral. Ayudada por él al apartarle la silla, recogió el bolsito de mano y se despidió de los ebrios compañeros de mesa.
Hans se ajustó la gorra y correspondió al saludo, y, al bajar la mano, Édith la rozó con la suya y él se concedió un segundo, tal vez dos, para volver la testa y poder seguirla con la vista y con dificultad entre la concurrencia de camareros, humo y comensales hasta la recepción de la sala.
Édith sonrió por la acción improcedente del maître al ofrecerle la capa de plumas y los guantes que ella había dejado en el guardarropa: Hans pretendía acortar su camino directo a la suite. Por esa vez, no iba a contradecirlo, y se dirigió a ella y allí esperó en una de las butacas, mirando hacia la puerta; cuando esta se abrió y Han se personó, no lo hizo solo…
Un séquito uniformado lo acompañó haciendo cola ante la estancia que se había convertido en un improvisado despacho.
—Ça va durer trois plombes…[8] —suspiró Édith. Abrió el bolso y sacó el espejo de mano para comprobar que el concienzudo maquillaje disimulaba la pequeña brecha y el consiguiente moratón a un lado del nacimiento del cuero cabelludo.
El teléfono sonó varias veces, las puertas se abrieron, se cerraron y los hombres aguardaron, otros accedieron, y los cigarrillos se fumaron.
***
Hans, en el despacho, tras deshacerse de la chaqueta y de la comitiva, colgó la llamada y, de un trago, bebió el afrutado alcohol que contenía el pequeño vaso. Recostándose en el respaldo aterciopelado de la silla, miró a través de los cristales que componían la puerta que conectaba con el fastuoso salón, y vio la figura desdibujada de la fémina que le quemaba el alma, como en su día ardieron las letras de Erich Maria Remarque, Heinrich Heine o Sigmund Freud en las hogueras de la Plaza de la Ópera de su estimada Berlín. Édith se había ido moviendo, silenciosa para envidia de la noche y luminosa para desazón de la luna… Intercambió el vaso por un cigarrillo, hizo un redoble con él sobre el escritorio y se lo llevó a los labios; pensó que, quizás, ella se le había aparecido como una valquiria desprovista de montura y cuya lanza invisible a sus ojos le había atravesado el músculo que le palpitaba en el pecho. Sonrió con el pitillo haciendo malabarismos en la línea de su boca por la disparatada idea, muy alejada de la de la valquiria[9] presentada por Stauffenberg[10], del que acababa de despedirse, aunque ambas a Hans le marchaban a ritmo de Wagner.
—Obergruppenführer[11] —interrumpió Brunner el silencio fuera del ruidoso pensamiento de Hans, y le prendió el cigarrillo que, en contra del hábito, no iba en una boquilla de marfil. La llama del gualdo encendedor iluminó las facciones de este, cinceladas en los pómulos y cuadradas en una recia mandíbula afeitada con precisión—. ¿Quiere que le diga a Fräulein Dubois que baje al bar a hacer tiempo? —preguntó con la fútil ilusión de que este consintiera y él, por su parte, pudiera disfrutar de la compañía de la mujer, aunque solo fuese durante el recorrido al citado lugar escuchando la melodía en la voz de Édith, que hablaba un hochdeutsch exento de acento francés.
—No —negó Hans al asistente en una bocanada plomiza. Si tras su llegada había instado a Édith a ausentarse del comedor y a subir a la suite para eludir el gallinero formado por oficiales de la Luftwaffe y sus apropiadas amantes, regados con champagne y Hennessy, era por una buena razón. Sacudió la cabeza y ni uno solo de los rubios mechones peinados hacia atrás se atrevió a desajustarse, respetando el corte rasurado a los lados del cráneo. Con la estilográfica garabateó un escueto mensaje en la tarjeta sellada con la Reichsadler y se la tendió a Brunner—. Entrégasela al Hauptmann[12] Schulze —carraspeó, echándola hacia atrás—. Personalmente —especificó; se la cedió y señaló en el escritorio la empezada botella de schnapps y la intacta tableta de chocolate amargo.
—No se preocupe, Herr Obergruppenführer —asintió Brunner, guardándose la tarjeta en una de las mangas de la chaqueta. En cuestiones de trabajo, él prefería la comodidad del despacho sito en el 84 de la Avenida Foch[13]. Recogió con una sola mano la botella y la tableta, y viró en los pies, guarecidos en las lustrosísimas botas. Abrió las puertas fijándose en la espalda semidesnuda de la señorita Dubois y, maldiciendo su mala suerte en el terreno amatorio, se volvió para encarar al superior y despedirse con una chocada de talones.
Los nazis, al entrar en París, también se adueñaron de la hora, cambiándola en sincronía con la alemana, y Édith, en pie, pestañeó con el tic-tac del amilanado reloj que presidía el embellecedor de la chimenea, por el cual, por cierto, veía los difusos movimientos del despacho a través del vidrio de la cúpula que protegía las manecillas. Caminó por el salón con fingido aire distraído, acomodándose en los codos el largo de los blancos guantes.
—Buenas noches —deseó, enarbolando la testa y sonriendo a Brunner en el recibidor, en cuyo centro se había colocado una elegante mesa redonda decorada con un jarrón pletórico de flores frescas.
Brunner correspondió tanto a la sonrisa como a las palabras ella con un achispado gesto. Al pasar al lado de la mesa, levantó la fragancia de pétalos y estambres, que eclipsó con brevedad el olor del schnapps. Antes de cerrar la puerta, observó una de las esquinas de la tarjeta asomándole por la manga.
Las rosas rosas, los lirios blancos y los iris amarillos semejaban ajenos al belicismo, creciendo en invernaderos a merced del hambre y el miedo de los que los plantaban y al gruñido de las MG 42…
—¿Y para mí no hay chocolate? —curioseó Édith, deambulando con el bamboleo de las caderas acentuado por la alzada de los tacones y, en especial, por el gran lazo color crema que le cerraba la abertura de la espalda a medio palmo por encima de la cintura. El traje, confeccionado en el taller de la segunda planta de la boutique en la que había trabajado, ubicada en la rue Cambon, clamaba arrobamiento; a fin de cuentas, su aspecto era su tapadera, y su cercanía al enemigo, su mayor seguro de vida. «Cuánto más próximo, menos visible; cuánto más obvio, menos creíble». En su caso, se atañía a la perfección a «la belleza como arma de guerra[14]»; pese a los tiempos de salvaje escasez, se las habían apañado para que tuviese una apariencia, según un colérico Dalton[15], «tan arrebatadora que ese kartoffel[16] no sea capaz de pensar en otra cosa que no sea mantener su aria salchicha al calor de sus pechos y no de la sartén».
Ya puedes leer la segunda parte aquí: Al calor del Lobo (2): Las medias de Édith – Relato erótico